Perspectiva

¡Perspectiva, JM!

¡Perspectiva!

Tuve que irme a muchos miles de kilómetros de mi país para comprenderlo. Estaba tan claro, tan increíblemente claro que no lo veía.

Charlaba en una terraza, en su país, con una buena amiga *** de cierto lugar de Sudamérica. Le transmitía mi frustración y mi disgusto porque no había conseguido un objetivo al que aspiraba legítimamente. O eso creía yo. Me sentía fracasado, enojado, maltratado, irascible.

Me miró, frunció su ceño casi imperceptiblemente y con cara de extrañeza me dijo:

Pero ¿qué me estás diciendo? ¿me has mirado a mí? Soy universitaria como tú, trabajo tanto o más que tú, me ocupo sola de mi hijo, no tengo ayudas de ningún tipo y las cosas no me van ni de lejos como a ti.

Sabes la clase de vida que hago. Sabes lo mal que lo paso para llegar a fin de mes y eso con dos trabajos. Conoces las limitaciones que tengo en cuanto a economía, libertad y ocio. Casi no tengo ni privacidad.

¿De qué te quejas tú? ¿Has mirado a tu alrededor?

Has venido a mi país. Has contemplado la miseria, el esfuerzo por la superación y el fracaso de muchas personas a pesar de ello. Mira a muchos de mis compatriotas y mira sus caras. ¿Te parece que están tristes? No tienen nada, luchan por comer a diario, por no enfermar, por ver crecer a sus hijos. Su esperanza de vida es descorazonadora pero son felices.

¿Y tú te quejas?

Perspectiva José Miguel, perspectiva, añadió.

Me avergonzó. Toda una lección. Sin rencor, sin envidia; con nobleza. Era tan sencillo … Probablemente, la lección más importante que he aprendido en los últimos veinte años.

Pocas cosas puedo reprochar en mi educación. Todos – desde mis padres a mis profesores – se esmeraron mucho en hacer de mí, con dudoso éxito,  una persona de provecho.  Hay algo sin embargo que en su día no llegué a aprender, muy probablemente por propia incapacidad más que por deficiencias ajenas. No aprendí a renunciar. No sabía resignarme.

Que nadie me malinterprete; aprender a renunciar no es desalentarse, no es tirar la toalla, no es claudicar. Aprender a resignarse es asumir que hay cosas inalcanzables para uno por mucho empeño, esfuerzo, tesón y sacrificio que les dediquemos. Aspirar a conquistar cotas demasiado elevadas para las propias posibilidades conlleva frustración, ira en ocasiones, desencanto y tristeza.

Se siente uno como si la humanidad se hubiera conjurado contra él. Y lo cierto es que nadie tiene la culpa de las propias miserias.

¿Qué he hecho yo para merecer esto? nos preguntamos en ocasiones. La respuesta es … nada. No hemos hecho nada. Las vida es así para vosotros y para mí.

He de reconocer que a veces me cabreo con una mona pensando en lo injusta que es la vida para con algunos, es decir, para conmigo.

Insatisfecho hombre perfecto, me dijo alguien en su día. Hoy, no sé si aquello fue adulación o puñalada. Más bien lo segundo, me temo.

Contemplo sorprendido cómo Juan Sosomán, compañero mío de colegio, uno de los más burros del lugar, pésimo estudiante y corto en el trato, vive en un lugar de ensueño, se pasea con un coche deslumbrante que ni cabe en mi plaza de parking, alquilada, por cierto. Pienso que con todo lo que trabajo, la responsabilidad que desempeño y la complejidad de mi actividad, la vida debería tratarme mejor. Bien mirado, yo creo que eso es simplemente envidia. Nada de sana envidia. Envidia a secas.

Perspectiva José Miguel, perspectiva …

Probablemente el burro sea yo.

Hace un par de días, un buen futbolista, muy bueno a decir de todos, una “estrella del fútbol”, un hombre que se autodenomina guapo, gran jugador y millonario dejó de celebrar sus goles. Estaba triste.

¿Había fallecido alguien próximo? ¿Era un homenaje a algo? ¿Una promesa? No. Era una pataleta. Un acto de soberbia intolerable.

Mal está que me queje yo, probablemente sin ninguna razón ¿pero él?

¿Pero qué quiere este retrasado mental? ¿Más dinero? En un país con cinco millones de parados, al borde del rescate económico, que le paga cantidades estratosféricas –algo que por otro lado me resulta incomprensible- por darle pataditas a la pelotita, ¿el niño se pone triste? Anda y que le den por ahí. Su arrogancia no tiene límites. Ofende con su sola presencia. Jamás, en la historia del deporte  había conocido un caso similar, un chantaje emocional a una afición tan entregada. Ni siquiera en los tiempos de Mohamed Alí. Este fulano es un auténtico impresentable.

Esto no es ya una cuestión de perspectiva. Este individuo es directamente idiota. Un irresponsable, un insolidario y descerebrado multimillonario.

Lo malo para este tipejo es que lo suyo no se cura. No le tengo envidia. Ninguna. Me da pena. Cuánta pobreza de espíritu entre tanta riqueza material. ¡Qué mal repartido está el mundo! que comentaba mi abuela.

En fin, que nunca es tarde para apreciar la propia estupidez. Duele un poco al principio, eso sí,  pero luego se siente uno genial como si esa imprevista catarsis intelectual te liberara de toda podredumbre. No es realmente así. No es tan inmediato. Es largo. Es un proceso penoso que se adentra en lo más arraigado que tenemos pero, si somos capaces de expulsar nuestra bestia interior probablemente aprendamos a ser felices.

Yo creo que estoy “en camino de” o “in itinere” que suena más molón como dice mi hija Irene.

Os invito a acompañarme en esta travesía.

La Gran Salamandra

*** Este articulito está dedicado a Ana María, de quien tanto aprendí en tan escaso tiempo. Gracias a ti si algún día lo lees y un beso a tu Guardián.

Suerte a ambos.

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