Los “abajofirmantes”

¡Pasen. Pasen y vean, señoras y señores! Son ellos. Son únicos. Son irrepetibles.

Son Artistas. Son intelectuales.

Recibamos con un fuerte aplauso a los …  ¡Abajofirmantes!

Hacía un día estupendo. Uno de esos escasos días que en tan escasas ocasiones nos regala la climatología del norte de España. Invitaba al paseo y así lo hice. Despacito, sin prisa, disfrutando de los árboles, de las casas que bordeaban el camino. Era una de esas rutas que los médicos llaman “del colesterol” frecuentada por obesos, bienintencionados ellos, de los que empiezan las dietas todos los lunes, por vigoréxicos impenitentes y postinfartados arrepentidos de sus excesos y mala vida anterior. A todos estos se les reconocía fácilmente. Iban, como se dice ahora, “follaos”, como alma que lleva el diablo. Por suerte, de momento no me encuentro entre esos grupos por lo que mi plácida “promenade” discurría con satisfacción.

Iba detrás de una pareja – porque eran dos – formada por un buen mozo entrado ya en su cuarta década y una moza de unos treinta, guapa y estilosa a la que no sé por qué me da, el mozo quería llevarse al huerto. Hablaban –él sobre todo- sin buscar la confidencia o privacidad. Más bien al contrario. No puede por menos que oír su conversación.

Preguntaba ella:

–       Y tú ¿a qué te dedicas?

–       Soy artista, respondía él, alargando la “r” e impostando la voz.

–       ¿Sí? ¿y qué es exactamente lo que haces?

–       Pinto.

–       Ah, bueno. Entonces, “ssssssherí” eres pintor. Si eres artista o no, debemos decirlo los demás, apuntilló ella. ¿Nespá? (Sepulcral silencio)

No pude por menos que acelerar el paso. Quería ver la cara de aquel ángel, de aquel magnífico espécimen que acababa de propinar tamaña patada en los huevos a semejante capullo. Perdóneseme el lenguaje pero el entusiasmo me embraga aún hoy. Pasé a su lado y con una sonrisa de las que pocas veces me salen – soy un serio – le rendí un merecido tributó con una reverencian sutil que supo comprender de inmediato. Complacida, me la devolvió.

Una nueva lección. Si es que esta vida, si uno es un poco fijón, nos enseña algo nuevo cada día. Nos pone las pilas, nos reduce a lo que somos. Mortales, arrogantes, equivocones, soberbios y a la postre, unos pobrecillos que nos creemos mucho más de lo que somos.

Este artista – pintor en realidad – porque luego vi su obra y era deplorable por cierto, estoy seguro que es uno de los intelectuales y artistas, abajo firmantes. Sí, de esos que como Güili Ciudad Real, o Echanuevo, o Ana Palestina o Victor Miguel nos aleccionan con frases profundas y sesudas. Eso sí, desde la Moraleja los pringaos del grupo y desde Maiami los pudientes.

¡Claro! Abanderar las cruzadas anti capitalistas, instigando a la rebelión, a la ocupación de un  Mercadona y choriceo simultáneo es cojonudo cuando se tienen dos chicas de servicio en casa – o más – varios coches, viviendas con alarma en urbanización de seguratas macizos.

Eso sí, que no falten las amistades en ese Gobierno que durante tanto tiempo ensalzó la mediocridad, la propiedad intelectual y la defensa de la SGAE hasta que se demostró que ni talento, ni propiedad intelectual ni honestidad ni nada que se le pareciera remotamente entre los citados miembros capitaneados por Teodoro Bautizador, combativo en su día, desparecido en combate hoy.

De todas maneras, se necesita ser idiota para cabrear a un público que debe gastarse la pasta en comprar discos o pagar entradas de cine y no olvidemos que con actos reivindicativos como los vividos no hace mucho se cabrea al 50% del país al menos, dado el reparto de los votos actual. Y luego se quejan de la piratería … ay  ¡corderitos!

Cuánta mierda, cuánto consejo y cuánta lección hemos tenido que aguantar a esta panda de chorizos, a esta caterva de abajofirmantes pero sobre todo … ¿quién les ha concedido el título de intelectuales?

¿Dónde se han formado? ¿Quién les ha examinado?

En cualquier caso, es curiosa la naturaleza humana. Hace unos años el personal progre se posicionaba, se daba a conocer, luchaba o eso creía pero con el bolsillo bien lleno, ponía a parir a cuanto gobierno le denegaba una subvención para un bodrio infumable que por pelotas había que pasar en las salas de cine de medio país.

Hoy ni eso. Sólo los Güili Ciudad Real y similares que ya no reciben ni siquiera invitaciones de mónologo en el Centro de Jubilatas de Marinaleda. Y es que la gente va aprendiendo; los vendedores y los vendidos, los compradores y los comprados.

Si voy a sacar un disco nuevo; calladito estoy más guapo y lo que otrora fueron barricadas hoy son trincheras como dice Jandrito Sanz, que se hace mucho más el bien desde ahí. Que la música no se toca y que si se cabrea el sufrido consumidor no compra discos ni a los negritos, o a lo mejor sí, para fastidiar. Ya se pueden espabilar y reconciliar con la afición como en el fútbol porque entre los yutubes y los torrentes, no hacen ni el agosto ni un mal febrero. Se necesita poca vergüenza y ninguna memoria para decir esas cosas de las trincheras ahora. Con lo que hemos tragado con la guerra de Irak, con los indignados, con las subvenciones, con la SGAE, con el 15M, el 15S y todos los 15 restantes que llegarán. Otro día escribiré sobre el talento y la imbecilidad. Es sorprendente su coexistencia en la misma persona pero curiosamente es más común de lo que pensamos.

Y ¿qué me decís, queridos salamandrinos, de la familia Tándem? Artista ella, la mamá Tándem o lo que es lo mismo , la matriarca del clan. ¿Artista? Eso sí que es  la quintaesencia del oxímoron. Comunista y rojaza, tocapelotas y necesitada de una relevancia social sustentada en el esperpento ya que su talento no le da para más, como al Güili Ciudad Real, el pequeñito del halcón amarillo y adláteres. Eso sí, defendiendo a Fidel. ¡Viva Cubaaaaaaaa libreeeeeeeeee (creo que se refieren al “pelotazo”) ¡Abajo los yanquisssssss! Hay que ser antiguo y pringao para semejante idiotez. Ni el recientemente difunto D. Santiago lo hubierta permitido.

Hace ya unos cuantos años me contaba entre los incondicionales de Sir Reginald Kenneth Dwight conocido por Elton John aunque nunca he sabido por qué. Creo que su talento es soprendente e innovador. Un genio de la música del las última cuatro décadas. Compraba todos sus discos y disfrutaba de conciertos o recitales suyos cuan adolescente. Cierto día leí que el presupuesto en flores frescas para adornar las innumerables casas que posee en todo el mundo rondaba los 3.500 millones de pesetas. Inmediatamente dejé de comprar su música. No contribuiré yo a tamaño despropósito.

Lo malo, es que este artista, porque este sí lo es, firma manifiestos, se posiciona vehementemente a favor de ciertos colectivos e integra en mis queridos abajofirmantes.

¡Vale! Pues que lo haga. Está en su derecho. Y yo en el de decir que me parece un capullo – con mucho talento, eso sí – un insolidario y un frívolo. Igual que Calvin Klein, al que nunca más he vuelto a comprar un calzoncillo desde que me enteré que había organizado una fiesta en la que había 150 camareros a los que había obligado a servir la cena en calzoncillos (de su marca ofcors).

Este tipo de personas no tienen ninguna legitimidad para dar lecciones a nadie ni sobre nada porque, el talento lo recibieron, lo cultivaron a expensas del esfuerzo de otros y se les ha ido la olla. Se sienten salvadores de la patria, opinadores y maestros de la pobre plebe aunque nadie haya pedido ser salvado, ilustrado o enseñado.

La Gran Salamandra

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