Secreto Profesional y Desamparo.

juramento_hipocratico_arnasDesde Hipócrates, los médicos tenemos un compromiso implícito con nuestros pacientes y todo lo que les rodea. Su privacidad debe ser respetada por encima de todo y así obramos.

Dice el Juramento Hipocrático entre otras cosas : ” Juro guardar y respetar los secretos confiados a mí, incluso después del fallecimiento del paciente”

En otras palabras, que cuanta información se nos transmite ha de ser, es de hecho, salvaguardada con el rigor y diligencia exigibles. Hasta aquí, completamente de acuerdo. Como expondré a continuación, el problema viene cuando se vulneran todas las normas de convivencia y los médicos somos injustamente agredidos.

Define la RAE:

DESAMPARO:

Abandonar, dejar sin amparo ni favor a alguien o algo que lo pide o necesita, entendiendo como amparar, el acto de favorecer o proteger.

Permitidme en esta línea argumental que refiera un par de conceptos más.

CALUMNIA

 1. f. Acusación falsa, hecha maliciosamente para causar daño.

2. f. Der. Imputación de un delito hecha a sabiendas de su falsedad.

INJURIA

1. f. Agravio, ultraje de obra o de palabra.

2. f. Hecho o dicho contra razón y justicia.

3. f. Daño o incomodidad que causa algo.

4. f. Der. Delito o falta consistente en la imputación a alguien de un hecho o cualidad en menoscabo de su fama o estimación.

SILENCIOEste artículo se titula Secreto Profesional y Desamparo y efectivamente así es.

Los médicos estamos obligados a guardar el secreto profesional debido pero los pacientes nos pueden poder a parir, injuriando, incluso calumniando y no sucede absolutamente nada porque hemos pasado de un status quo en el que se nos respetaba a una situación en la que si no nos agreden ya podemos estar contentos.

Algún día os contaré las cosas que nos dicen en consulta las pacientes y sus familiares, sin mencionar por supuesto porque hemos de preservar el debido secreto y de paso os contaré el favor que nos hace la información de internet en muchas ocasiones.

Pero volviendo a lo anterior, dejadme que os cuente una pequeña anécdota, de las tantas que nos suceden en el quehacer cotidiano.

Hace unos días me llamaba un gran amigo y me contaba con pesar que otro conocido común le había hablado fatal de mí y me había tildado de incompetente. A nadie complace que se le insulte, que se hable mal de él – yo no comparto aquello de que  hablen de uno aunque sea mal, pero que hablen- y menos si no se ajusta a la verdad.

Ciertas personas tienen algunas prebendas no escritas y no es lo mismo una descalificación vertida por una persona que por otra.

En este caso, la persona que me había injuriado tenía cierta relevancia social y me estaba haciendo mucho daño porque mi amigo, no era a la primera persona a quien transmitía su percepción sobre mí.

El hecho por el que me calificaba de incompetente era el siguiente: en su opinión yo no era capaz siquiera de curar unos hongos vaginales de su mujer y ¡claro! esto ya se llevaba prolongando durante un año y casi no tenía relaciones sexuales porque a su esposa le daba miedo, no fuera a ser que se recrudecieran los hongos. En otras palabras, que como se dice en España , follaba menos que un casado. Y ahí estaba yo, que con mi incompetencia no era capaz de curar a su queridísima esposa y como me tenía tanta confianza, no quería ir donde otro ginecólogo, lo cual ponía de los nervios a su apesadumbrado a la vez que colérico marido.n_real_zaragoza_varios-507055

¿Y qué hice yo?

Pues poner cara de idiota, tragar veneno, respirar hondo y acordarme de la madre que parió a ese individuo, eso sí, por lo bajinis.

Porque detrás de esas infecciones, de ese no querer tener relaciones sexuales con su marido, de esa icompetencia por mi parte, lo que subyacía eran unos cuernos como la Catedral de Santa María de Vitoria

Su esposa tenía un amante, una trampa que diría mi amigo el Dr. Julio Conislla, que por supuesto él desconocía. Cada vez que la mujer venía con una infección a mi consulta yo prescribía tratamiento para ella, para su marido y para su amante pero éste último que era un macho con dos cojones, decía que a él no le pasaba nada y no  tomaba la medicación. Y ya estábamos otra vez. Infecciones de uno a otro y de otro a uno. Si a esto añadimos, que a la mujer, su queridísimo marido le excitaba tanto como un orangután a diferencia de su amante que le hacía brotar chiribitas de los ojos , pues ya estaban todos los ingredientes para cocinar el drama.

¿Y quién salió escaldado de todo esto?

Pues yo. ¡Cómo no! ¿Quién me ampara? ¿Qué puedo hacer?

Pues sobre el papel muchas cosas. Acusar al esposo por injurias por ejemplo. ¿Y por qué? ¿Porque me ha tachado de incompetente? Pues mirad; aun creyendo  tener todo el derecho y toda la razón, sólo un juez podría autorizarme a desvelar el secreto profesional y para qué? ¿Para poner en evidencia a esa pobre mujer cuyo delito ha sido buscarse a alguien que le haga un poco más de caso que el cavernícola de turno que tiene en casa? ¿Quién soy yo para juzgarla y menos para delatarla?

Pues no. Me jodo y me aguanto y asumo el descrédito con harto dolor de corazón y con una considerable dosis de indignación, de tristeza y de frustración.

Esta es una de tantas situaciones que podría contar. Una de esas en las que, indefectiblemente, salimos escaldados muchos médicos. Una de esas que hacen pensar por qué los derechos del individuo llegan a ser unidireccionales, sin obligaciones ni responsabilidades. ¡Calumnia que algo queda! reza el refrán español y qué cierto es.

En fin … que hago mención de esta circunstancia a mayor gloria de todos aquellos idiotas que siguen manteniendo y gustan decir  que los médicos nos creemos dioses.

¡Cuánto idiota por metro cuadrado, madre mía …!

Si ellos supieran …

JMS

La Gran Salamandra

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