¡Agua!

Permítaseme concluir este curso académico bloguero – discontinuo, irregular y calificado con un merecido suspenso por la inasistencia repetida a clase – con un refrescante tema. El agua.

¡Cuánto daño hace en ocasiones el refranero! Agua que no has de beber … déjala correr, glosa. Lo malo es que hay quien se lo toma muy a pecho.

Advierto a mis incondicionales que este articulito tiende un tanto a la escatología y puede herir alguna sensibilidad. Pido disculpas por anticipado pero no creo que vaya a excederme en absoluto. Realidad, pura y dura realidad.

Dice la Real Academia Española: agua. (Del lat. aqua).

Sustancia cuyas moléculas están formadas por la combinación de un átomo de oxígeno y dos de hidrógeno, líquida, inodora, insípida e incolora. Es el componente más abundante de la superficie terrestre y, más o menos puro, forma la lluvia, las fuentes, los ríos y los mares; es parte constituyente de todos los organismos vivos y aparece en compuestos naturales.

Según Intermon Oxfam, el consumo diario de agua en un país desarrollado se estima como sigue:

Cada trabajo, cada oficio, cada actividad, además de la gratificación que intrínsecamente pueda suponer para quien la realiza, conlleva pagar un peaje. Nada es gratis y eso es incuestionable.

La dependienta, el camarero, el guardia jurado, acaban llenos de juanetes (hallus valgus para los puristas), de varices y con un dolor en las piernas y en la espalda realmente reseñables.

El carpintero debe soportar el aserrín, el ruido, los golpes y los cortes. El albañil los callos, la piel engrosada, la tosquedad de su tacto. Podríamos seguir y seguir y seguir.

Todo lo anterior es inevitable, va en el sueldo pero al cabo, inevitable. El ladrillo, el cemento o la bipedestación son inevitables. Hay trabajos duros. Muy duros a veces. No hay forma de dulcificar los efectos de los materiales, del viento, del ruido ni de la intemperie pero … ¿ y el ginecólogo? ¿Qué peaje paga el sufrido ginecólogo?

Al parecer ninguno porque, como dicen muchos ingeniosos varones que piensan que es la primera vez que lo oímos, nosotros trabajamos donde los demás se divierten. Qué aguda, brillante y novedosa observación.

Lo que a continuación expongo pretende poner los puntos sobre las íes en ciertos aspectos que los profanos subliman. Demasiada suposición y poco conocimiento.

Cada uno puede vestir como quiera dentro de un orden porque ya estoy aburrido de las vestimentas que – en la consulta- muestran los pies de los señores con sandalias de diseño northface y su abundante vello en las piernas, cuando acompañan a sus esposas por no citar las melenas axilares de algunas mozas, finamente ataviadas con camisetas indescriptibles. Lo dicho; que cada uno vista como prefiera, por fuera o por dentro, bonito o feo, a la moda o pasado de moda pero al menos, limpio. Que no huela. Que no ofenda.  Personalmente no me importa que a algunos maridos lo del “olorcillo” y la feromona les encante en sus chicas y viceversa pero a mi no sólo no me hace ninguna gracia sino que me ofende ¡y mucho! Esos hábitos pasaron ya a la historia hace mucho. Son indefendibles.

Recuerdo siendo estudiante en el Hospital Clínico de Valladolid (España) que un marido  perteneciente a cierta etnia acudió altivo y airado a protestar ante el Jefe de Departamento y Catedrático a la sazón. ¿Qué le han hecho a mi mujer? … increpaba. Ya no me atrae. No me gusta. No siento nada.

Habían pasado cuatro o cinco días desde de su parto. ¡Ya no huele como antes! No me excita, nos decía.

Nuestro delito había sido ¡lavarla antes de parir de la cantidad de roña que traía! Tranquilizamos al pobre marido. No se preocupe, en unos pocos días todo volverá a ser como antes. De esto han pasado ya muchos años.

Es desesperanzador ver que en ciertos aspectos hemos avanzado muy poco. Casi nada para algunos.

No cuestiono la fealdad intrínseca de las personas o las cosas; todo eso es opinable, o la obesidad extrema o la deformidad o la enfermedad pero sí la higiene.

Quien no se respeta a si mismo difícilmente puede exigir el respeto de los demás aunque sea su derecho. Si vivimos en sociedad, respetémonos en lo básico al menos.

Muchos ciudadanos en España creen que las personas que acuden a las consultas privadas, por disponer de un cierto poder adquisitivo (lo cual es absolutamente erróneo porque en España en este momento no hay un euro en ningún lado) son finos, educados, elegantes, bien vestidos y aseados.

¡Mentiraaaaaaaaaaaaa! No son ciertas, con carácter general, ni una sola de las afirmaciones anteriores. Los hay (las hay en mi caso) toscas, incultas, arrogantes,  maleducadas, horteras y por supuesto, unas auténticas guarras. Más adelante veremos algunas imágenes que pueden parecer sorprendentes en ciertos ámbitos. No lo son. No constituyen una excepción. Son mucho más habituales de lo que pudieran parecer y … ¿sabéis mis queridas lectoras? … se me han hinchado las narices. Hace un tiempo disculpaba algunos hábitos en personas de edad pero ya ni eso. Lo malo es que la distribución etaria de la guarrería es bastante homogénea; es más una línea recta que una campana de Gauss.

Hace unos días escribía en mi incipiente web (http://www.miginefavorito.com) una pequeña glosa sobre la silla ginecológica y la habitual protesta femenina por la incómoda posición de exploración. Totalmente de acuerdo. Nada que objetar pero … ¿alguien piensa en el o la (por supuesto) pobre gine que explora a la paciente?

El pobre gine, se las ve con el triángulo de las Bermudas cada vez que explora a una paciente. En el vértice central, al frente, la vulva y el ano. A ambos lados, los pies.

Y esto es así en invierno y en verano. Y las mujeres, aunque sean muy finas, también sudan, o transpiran como dicen en Sudamérica. Sí, sí. Y transpiran sus axilas y su sexo y sus pies. Y enfrente está el gine padeciendo estóicamente esos efluvios. A fin de cuentas son “gages del oficio”. Hasta ahí, el peaje es razonable. El cuerpo humano es como es y la actividad sudorípara es fisiológica e incontrolable.

Lo malo es cuando a algunas (no pocas ni anecdóticas como ya ha sido mencionado) finísimas ellas,  se les olvida la existencia de un artilugio que el progreso nos ha regalado a la vez que evitado incómodos, pesados y muy sacrificados paseos al pozo del pueblo.

El artilugio se llama Grifo y accionando una pequeña llave que lo acompaña, por su extremo fluye una cosa que se llama agua. En algunos y sofisticados hogares hay otro diabólico artilugio que permite la salida del líquido elemento por múltiples orificios. Lo han denominado Ducha.

¡Vaaaaale! El jabón es un lujo, pero el agua … recordemos que es el componente más abundante en la superficie terrestre a decir de la RAE y de todos los científicos. Lo saben hasta los niños de pecho.

Pues como decíamos, el denominado líquido elemento, es un bien preciado. Para algunas de mis pacientes, preciadísimo, al punto que no lo usan ni en ocasiones especiales. Estamos en crisis. Hay que ahorrar.

¡Pues esto se ha acabado, señoras mías! ¡Que es el último verano que trago tanta porquería (por no llamarle mierda que es más correcto), tanto olor insano con solera de años y  tanta marranería!

Uno puede entender, el sudor y el olor de las personas; aceptarlo, disculparlo y comprenderlo en situaciones de calor, de estrés o de enfermedad. Que nadie pide ingles brasileñas, rayas mohicanas o vulvas alopécicas. El largo de pelo o vello que cada uno lo decida … pero que lo lleve limpito por lo menos cuando venga a verme. Y luego en su casa, que se  plante champiñones ahí si quiere pero yo merezco un respeto. Sí, también sudo y también huelo como todos los mortales. Precisamente por eso y porque me cuido mucho y me prodigo en la higine, exijo a mis pacientes el mismo grado (o parecido) de limpieza que yo les brindo.

Así que la que no venga limpita, ya lo sabe … ¡a su casa de vuelta! Que ya se me ha hinchado las narices como refería antes y la yugular (no sólo) de aguantar a tanta cochina.

Que entre axilas con bouquet, ombligos impactados con material hidrosoluble de indescriptible olor desagradabilísimo, vulvas con aroma a las finas hierbas de urea, lactobacillus acidófilus “crianza”, flujos “reserva” y anos fínamente decorados con pinceladas fecales de diversos colores y olores, por no citar dedos de los pies con interminables uñas, “pelotillas interdedales”, olores nauseabundos, talones que desconocen lo que es la piedra pómez o similar pues … que lo que debería ser un acto médico limpio, higiénico y eficaz se convierte mucho más a menudo de los deseable en algo repugnante, desagradable y sobre todo, tremendamente desconsiderado hacia sí mismas y hacia mí.

Imaginad lo harto, aburrido y asqueado que debo estar para publicar todo esto. No creáis que estáis tan lejos de que os suceda algo similar. ¿A ninguno os ha pasado tener al lado a un compañero que no se ducha ni a la de mil insinuaciones o que le huelen la axilas o tiene un aliento fétido? Y por abundar en el tema … ¿quién de vosotros le ha puesto el cascabel al gato y se lo ha dicho? Entre compañeros sí, pero … al interesado  ¿quién le ha puesto las pilas? Como si lo viera … nadie. Pues señores es un error y yo por fin lo he entendido. Ya me ha costado ¿eh? ¿Sabéis por qué es un error? porque vuestro compañero está recibiendo por vuestra parte un respeto que no se ha ganado. Joder, que estamos hablando de higiene, no de los valores constitucionales de la Nación. De lavarse, asearse, cambiarse la ropa. ¿Es tanto pedir?

En fin …

Y por acabar con un toque de humor de gine … pelín cochino, eso sí, a juego con el artículo de hoy. He de reconoceros que la situación se me ha pasado por la cabeza y no puedo ni imaginarlo. Se trata de lo siguiente: espero que al menos, estas joyas del ahorro acuífero (que no son pocas ¿eh?) tengan el buen juicio de no solicitar de sus parejas en los momentos de máxima tensión sexual, la realización de sexo oral.

¿Lo imagináis? ¡Puagggggggg! Jijijijijijijijii. Era mi venganza.

Casi prefiero no pensarlo. Yo, sin duda, saldría corriendo aunque sé que hay gente para todo … ¿Vosotros no, eh? que sois muy aseaditos.

*** A raíz de algunos comentarios enviados a mi página de Facebook he de aclarar que por suerte para mí, ni son todas, ni la mayoría, ni siquiera una parte significativa de las pacientes que acuden a mi consulta quienes se comportan de esta manera tan desconsiderada en su higiene pero, tampoco son una excepción de las que se ven una vez al año. Lamentablemente vemos situaciones como las descritas mucho más a menudo de lo deseable porque lo deseable es no verlas nunca.

¡Buen verano y hasta la vuelta!

¡Volved todos, por favor!

La Gran Salamandra

¿Qué hay de lo mío?

Pocas veces una frase retrata tan nítidamente a quien la utiliza.

Hace ya unos años, fue célebre en España una entrevista realizada a un gran escritor, fallecido ya. Tan gran escritor como impresentable persona, todo sea dicho de paso. Se trataba de Francisco Umbral.

En dicha entrevista, una conocida presentadora, famosa por su desparpajo, le hacía preguntas de toda índole. La irritación del escritor crecía por momentos hasta el punto de que en un momento determinado, interrumpiendo el hilo conductor de la entrevista, el escritor, notablemente molesto  dijo a la presentadora:

“Yo he venido aquí para hablar de mi libro y no me estás preguntando por mi libro”

La presentadora, sorprendida a su vez, se enzarzó con el escritor y todo concluyó con un célebre pero muy desagradable incidente. Os invito a verlo aquí: www.youtube.com/watch?v=9yzQXkHHR_s

El “¿qué hay de lo mío?” ha sido – y es – ampliamente utilizado en los mentideros del mundo de la política, sea para reclamar un cargo, un favor institucional o una concesión de dudosa legitimidad en ocasiones. No quiero decir con esto que todos los políticos sean así, ni mucho menos, aunque no nos haría ningún mal que los señores del ¿que hay de lo mío? desaparecieran del mapa haciéndonos ese favor.

Si titulo este artículo con el ¿qué hay de lo mío? es porque el egoísmo humano está alcanzando cotas impensables. No haré una profunda reflexión sobre la insolidaridad, ni la pobreza en el mundo ni las desigualdades geográficas. Iré a algo mucho más básico. Iré a la pareja. Podría contaros anécdotas de todo tipo, tanto por parte de la mujer como del hombre pero soy gine, tengo cierta “pelota” a las portadoras de dos cromosomas X y estoy de energúmenos hasta más arriba de mi incipiente moño.

Pues eso; que voy a poner a parir a un cavernícola. Veréis …

Hace un par de semanas visité a una paciente que acudía a revisión. No siempre salen bien las cosas y precisamente por eso hay que hacerse revisiones. Esta pobre chica que tan tranquila y confiada había acudido a vernos salió con un disgusto monumental pues su estudio citológico evidenciaba una lesión precancerosa grave. SIL HG se denomina técnicamente. Este tipo de lesiones precancerosas son producidas por el virus del papiloma humano, que con carácter general se transmite a través de las relaciones sexuales. Si tenemos en cuenta que la chica sólo había mantenido relaciones con su marido, no hay que ser un genio para hilvanar la historia. Pero, en fin, eso es harina de otro costal. El caso es que había que eliminar ese tejido precanceroso mediante una técnica denominada conización LEEP, llamada así porque se extirpa un fragmento de cuello uterino en forma de cono que incluye la lesión. No es muy complejo ni muy doloroso pero la angustia de la mujer suele ser importante.

Afortunadamente, el procedimiento se llevó a cabo sin dificultad, sin sangrado y la paciente pudo irse a su casa a continuación.

Había venido acompañada de su marido. Un tipo muy mal encarado al que nada de lo que se le explicaba parecía satisfacerle. Pese a todo, tragando veneno y haciendo un esfuerzo que el fulano en cuestión no merecía, le dediqué mucho más tiempo del habitual tratando de que comprendiera el problema, sus repercusiones y riesgos. Es curioso esto de los maridos a veces. Vienen con sus mujeres porque las pobres son “tontitas” y no se enteran, cuando lo auténticamente cierto es que los que no se aclaran absolutamente de nada son ellos. Lo que ya os he contado muchas veces; el Síndrome del Cuñado Listo (SCL) versión marido (SCLVM) que es muchísimo peor.

Pues ahí estaba yo prometiéndomelas muy felices después de tan brillante disertación, pensando que había calado en mi  interlocutor, cuando recibo la siguiente contestación:

– “Bien, bien. ¡Vale! Todo eso está muy bien pero … ¿cuándo podemos volver a tener sexo?”

Por poco me caigo de culo. No daba crédito. Estábamos hablando de una lesión precancerosa grave que podía haber acabado muy mal y poner en juego la vida de su esposa y este tipejo sólo estaba interesado en follar. Inaudito.

Gracias a Dios, uno todavía tiene uno ciertos reflejos intactos. Normalmente, un procedimiento de esta naturaleza, llevado a cabo de forma ambulatoria tarda en curar “ad integrum” aproximadamente un mes y ese es el tiempo que recomendamos evitar las relaciones sexuales con penetración.

En este caso, sin embargo, este individuo se está enterando de lo que vale un peine porque mi respuesta fue …

– “Uf, ya veremos. Ya veremos cómo va la cicatrización pero cuente que por lo menos en tres meses ni tocarla. Pero ni tocarla ¿eh? Bajo ningún concepto porque puede desencadenarse una hemorragia tremenda. Este tejido de cicatrización es muy frágil y puede darnos un susto. ¡Cuidado!”

Por supuesto, advertiré a mi paciente que  partir del mes puede hacer lo que le parezca en materia sexual si tiene ganas. Con su marido o con su vecino que está “mucho más güeno”.

Y si quiere perdonar a ese individuo llamado marido por semejante desconsideración, que lo haga, pero yo no pienso. ¡Que se joda!

En ocasiones, el egoísmo y la absoluta falta de piedad son repugnantes. Este es un ejemplo más del ¿qué hay de lo mío? Da náuseas.

La Gran Salamandra


El Teclado Emoji

Como bien sabéis quienes me seguís de vez en cuando, últimamente acostumbro a publicar un único artículo (me niego a llamarle post) semanal. El escaso tiempo del que dispongo y mi estado de máximo muchas veces, no me permiten más. Hoy sin embargo, me encuentro algo más animado y con energías renovadas. Estoy recién llegado de un balneario estupendo en el que he permanecido cuatro días tratando de purificar  mi espíritu en una catarsis, no demasiado eficaz por cierto, pero inevitable. El agua me ha lavado, calentado y purificado pero para sanar las heridas del alma hacen falta remedios más potentes que no se encuentran en los baños ni en los masajes por lo que he vuelto algo mejor pero renqueante aún. Eso sí, limpito limpito.

Como he dispuesto de un poquito de tiempo para mí, he leído alguna tontería graciosas y otras, sesudas y profundas. De aquella os quiero hablar. Realmente es una bobada pero muy divertida, creo yo.

Quienes me conocéis habréis observado que en rarísimas ocasiones empleo emoticonos aunque respeto a las personas que los utilizan. El chat es casi inconcebible sin ellos aunque a mí no me gustan en absoluto, como os digo.

Pues bien, para aquellos que utilizáis un iPad o un iPhone, dispositivos basados en el sistema operativo iOS 5 de Apple, os comento la forma de disponer de nuevos emoticonos muy divertidos, como os anticipaba.

Para ello debéis abrir en vuestro dispositivo, sea iPad o iPhone:  AJUSTES  —  GENERAL  —  TECLADOS.

Se trata de ir desde ahí al ítem : TECLADOS INTERNACIONALES   —  AÑADIR NUEVO TECLADO.

Allí añadís el teclado que os interese, en este caso el emoji et …voilà.

Cuando queráis escribir algo con iconos, sólo debéis darle a la tecla que representa una bola del mundo y os saldrán los emoticonos.

Aquellos a quienes os guste, que lo disfrutéis.

La Gran Salamandara



Corazón de quita y pon.

¿Qué tal estamos? ¡Qué gusto saludarte! ¡Cuánto tiempo! ¡Qué cara eres de ver! De esa guisa la recibí. La tenía en gran estima.

“Quisiera tener otro corazón para no sufrir tanto”. Entró, se sentó y lo soltó. Me dejó … sin palabras.

Así se expresaba Clara María, paciente desde hace ya mucho tiempo y amiga con el paso de los años. Se había casado con Eduardo Diclús, un compañero mío del colegio con el que en su día tuve bastante contacto. Nuestros caminos profesionales nos habían distanciado pero manteníamos una relación de educada cordialidad.

En su día tuve el privilegio de ayudar a Clara María a traer a sus hijos al mundo y nuestro trato era estupendo. Acostumbraba a venir una vez al año, puntual y disciplinada pero la última revisión se la había saltado.

Estaba desencajada, tristísima, con muy mal aspecto. Un espejismo de lo que hace escasamente un par de años había sido, según la recordaba.

-¿Pero qué te sucede Clara María, qué ha pasado, por qué estás tan desmejorada? ¿algo grave? ¿todo bien en casa? Mi experiencia me dice que entre mis pacientes, en las décadas de los cuarenta y cincuenta años, los problemas personales o familiares , la enfermedad propia o ajena y en algunas ocasiones todo ello a la vez son algunos de los más frecuentes motivos de tristeza, abatimiento y depresión.

-Me temo que por ahí van los tiros JM (son ya muchos años de confianza y no me llama doctor sino por mi nombre). En casa muy mal. Eduardo y yo estamos en trámites de divorcio. De hecho, ya no vivimos juntos. Es muy probable que a partir de ahora ni siquiera pueda venir a tu consulta porque se ha negado a seguir pagando el seguro sanitario privado que teníamos y no creo que yo pueda hacerme cargo de ello en las actuales circunstancias. Lo decía con una gran amargura pero a la vez, con un brillo en los ojos que denotaba un odio silente que la estaba minando.

– Bueno, bueno, mujer; por eso no te preocupes. Ya sabes que esta es tu casa y que tienes las puertas abiertas de la consulta, le dije tratando de tranquilizarla. Si algo necesitas, ya sabes que puedes contar con nosotros. Ya nos arreglaremos con el tema económico como mejor podamos.

No quise profundizar más allá de lo que ella quisiera contarme porque a lo largo de los años he aprendido a ser prudente y sobre todo, a no juzgar. Mucho menos en el contexto de unja pareja que está desintegrándose. Es más importante escuchar. A veces es la única manera de ayudar.

Pasamos desde el despacho a la sala de exploración. Puede percibir en Clara María cierta ira contenida y mucha tensión. Cierta desconfianza. Cierta agresividad como si estuviera enfadada con el mundo. Sus respuestas eran secas, cortantes, incluso agresivas. La que en su día fue una dulzura de mujer se había convertido en una persona herida, desconfiada y a la defensiva. Pero defendiéndose ¿de qué o de quién? En mí no tenía sino a un aliado, a un amigo. Estaba desconcertado.

La visita se me estaba haciendo muy desagradable y me dolía tremendamente que esta chica lo estuviera pasando tan mal y sobre todo, me estuviera tratando de aquella manera. Traté de concluir la exploración cuanto antes y citarla otro día para revisar los exámenes complementarios que le había solicitado. Quizá así …

Me quedé mal. Muy mal. Me sucede a menudo. El día va desenvolviéndose con normalidad. El trabajo se desarrolla genial. Llega alguien, me cuenta una cosa de estas, me trata irrespetuosamente o de forma desconsiderada y ya me ha dado el día. He de reconocer que no puedo evitarlo. Me entristece. Quizá sea poco profesional; ni lo sé ni me importa porque a las personas que vienen detrás intento tratarlas de la misma manera que a las que las precedieron. Quizá no lo consiga pero lo intento. Sé hace mucho tiempo que el el día que las cuestiones personales, los sentimientos o los problemas de mis pacientes no me importen, entregaré las llaves de mi consulta y me iré a mi casa a tocar la flauta; travesera por su puesto.

En los días siguientes el trabajo se desarrollaba sin sobresaltos. Rutina sobre todo, como en todas las actividades. ¡Bendita rutina! No siempre suceden cosas emocionantes en una consulta de ginecología.

Esa tarde estaba citada de nuevo Clara María con sus pruebas. Pensé que quizá, con el paso de los días, su actitud se hubiera dulcificado pero lejos de ello se expresaba de una forma irritante, intolerable, distante, perdonándome la vida. Estaba violentísimo. ¿Qué le había hecho yo a aquella mujer salvo escucharla, atenderla y comprenderla?

Tras verificar la normalidad de sus resultados y ante la persistencia de su actitud, le afeé su conducta.

– Creo que estás disparando contra un objetivo equivocado Clara María y yo no merezco que me trates así. El que Eduardo haya sido amigo mío no te da derecho a tratarme de esta manera. Siempre me he portado contigo de una forma correcta y profesional; he sido muy educado y te he tratado de forma próxima y cordial. No creo que tengas queja al respecto. Te ruego por ello que controles un poco tus reacciones y me trates como merezco. Como yo te trato a ti, cuando menos. No tengo la culpa de la situación que estás viviendo y sólo he tratado de ayudarte poniéndome a tu disposición.

En contra de lo que supuse, mi comentario no hizo sino encenderla. Lejos de provocar una reacción de humildad, de reconocer su exceso, aun se exaltó más.

– Todos los tíos sois iguales. Os creéis que porque lleváis el dinero a casa nos podéis tratar como a basura, como a siervas o como a putas. Abrió la puerta, salió y la cerró de un portazo.

He de reconocer que en aquel momento no entendí nada. Me sentí horriblemente mal. Me quedé con cara de imbécil, triste y con la certeza de haber perdido a una paciente y a una amiga. Me consta este ultimo hecho porque Clara María es una mujer de carácter, muy orgullosa, muy vehemente e incapaz de disculparse. “Avant morir que perder la vie”. Una verdadera pérdida, para ambos, creo yo y muy dolorosa, al menos para mi.

¿Por qué os cuento esto?

Me toca vivirlo demasiado a menudo. No hay corazones de quita y pon. Lamentablemente, el que traemos de serie debe durarnos toda la vida y no nos han enseñado a cuidarlo demasiado bien. Más allá del dolor. Más allá de la desgracia. Otros sobrevivieron mucho antes que nosotros en circunstancias muchísimo peores pero no hemos aprendido nada de ellos.

Vivo en una ciudad pequeña. Aquí nos conocemos todos, o casi todos. A pesar de no frecuentar el mundo de la noche, las habladurías me llegan como a todo el mundo. Cierto es que había oído con cierta insistencia, algunas aventuras, juergas, excesos cometidos por Eduardo, el marido de Clara María pero, ni yo lo había visto sino que me había sido transmitido, ni aun teniendo la certeza podía hacer nada. No me corresponde juzgar ni posicionarme en las relaciones de pareja.

Ciertamente, pienso que Eduardo es un pedazo de cabrón pero me lo quedo para mí. No puedo hacer otra cosa. No contento con ponerle una cornamenta monumental según parece, tengo entendido que se ha desentendido de sus obligaciones familiares, no sólo con sus hijos sino que se ha portado de forma completamente ruin, se ha negado a un acuerdo digno y trata de hacer valer su superioridad económica. Un auténtico miserable.  Clara María no se lo merecía. Nadie se lo merece.

Han ido pasando los meses y no he sabido prácticamente nada de ella. Creo que nunca más sabré nada. Espero y deseo que su situación se haya ido solucionando aunque sé que su actitud y su aislamiento voluntario la han ido distanciando de las personas que la querían. Ha dejado muchas víctimas colaterales. Ha hecho daño a quienes menos lo merecían y a quienes trataron de ayudarla. Perdió la perspectiva y está muy sola según me han contado.

Sólo le deseo que pueda rehacer su vida. Que encuentre lo que busca y que pase página. Pero sobre todo, que aprenda que “todos los tíos” no somos iguales por suerte para los que somos buenas personas. Que las cosas se pueden hacer de forma desinteresada y que espero que recupere la confianza en la especie.

Y que lo haga con el corazón que trajo desde el vientre materno porque no hay corazón de recambio. La herida cicatrizará. El duelo pasará  y las células madre pluripotenciales regenerarán lo que un mal nacido destruyó; la confianza y el amor.

Así lo espero. Así se lo deseo.

La Gran Salamandra


Una delgada línea

Me asalta el desánimo.

Estoy leyendo a Javier Marías en su libo “Los Enamoramientos”. Cada párrafo, cada capítulo son una cascada de sensaciones, un gozo, un deleite para el intelecto. Luego, leo con pesar lo pobre que resulta mi humilde blog. Yo no me gano la vida de esto, ni siquiera sé si aporto algo a alguien. De buen grado mandaría todo al cuerno porque sé que otros cuentan muchas cosas, muchísimo mejor que yo.

No es precisamente gratificante aunque sí instructivo reconocer la falta de talento, lo cual invita al abandono. Hay algo sin embargo que tras pensarlo mucho, me ha hecho seguir y procuraré seguir haciéndolo a pesar de los tremendos bajones que me dan cada vez que compruebo mi inutilidad en ciertos campos.

He llegado a la siguiente conclusión; Marías y Cercas y Posadas y Navarro y Ruiz Zafón y Reverte y, y, y , y muchísimos otros lo cuentan mejor, mucho mejor que yo pero no lo viven como yo. Ciertas experiencias personales, vitales, sólo pueden describirlas, pero no vivirlas en primera persona. Yo nunca podré conducir un fórmula 1 como Fernando Alonso, ni pilotar una moto como Ben Spies,  ni escribir una novela como Marías y como muchísimos otros escritores pero ellos jamás podrán hacer una cesárea a una mujer y traer a un niño al mundo ni vivir con angustia e impotencia la batalla perdida frente a la muerte. Eso sí lo puedo hacer yo y os lo puedo contar. Eso y muchas otras cosas que a otros les son negadas, a mí me las ha ofrecido la vida. Algunas nos enseñan mucho, entiendo. Por eso os las relato.

Hoy toca hacer examen de conciencia; someterse a la crítica de los demás y atarse los machos frente a las opiniones que, con seguridad, alguno de vosotros verterá criticando mi proceder.

Sé bien, porque hace mucho años que trabajo “cara al público”, que aguantar las particularidades de los demás, sus manías, sus excesos, su mala educación, sus exigencias, su desconfianza y otras tantas penosas lindezas terminan por hacerse insoportables y a pesar como a una losa en el día a día de las personas. En resumen, a desmotivar, encender e irritar al probo trabajador que resulta ser el “pringado habitual”. Creo que al final se acaba aprendiendo a sobrevivir pero es a expensas de la abulia, del tedio y del desinterés. Del “ahí me las den todas”. Esto, en mi trabajo,  es inadmisible.

Estamos obligados a tragar, a tolerar y a comprender. Va en el sueldo según nos dijeron cuando éramos estudiantes. Hay una línea que no se debe atravesar. Es una finísima línea no dibujada pero presente. En mi medio, si se atraviesa, se abre la veda y me importa lo mismo que se trate de la mujer del obispo o del mismísimo presidente de su comunidad de vecinos. ¡No vale todo! Ni mucho menos. Sea quien sea.

Reconozco que la ira no es precisamente una  virtud, muy al contrario, es un pecado de los denominados capitales, ¿no? Pero hay situaciones en las que el pecado debe ser perdonado. En cualquier caso y aunque no lo sea, me da igual. Mi libre albedrío me permite pecar y peco. Quien atraviese mi línea padecerá mi furia. Ya no trago ni media …

La gorda

Hace unos días tuve la oportunidad de volver a ver a una paciente llamada Elena a la que había perdido de vista hace años. Entonces tendria unos 30. Ahora, cuarentona ya aunque guapa como siempre a pesar de su kilos, venía enviada por el Dr. Julio Trampa, eminente cirujano plástico y amigo personal. Deseaba ser operada de su obesidad mórbida y Julio no quería hacerlo sin que antes fuera visitada por nosotros pues tenía ciertos desarreglos menstruales y reglas muy abundantes. De su reconocimiento, no se derivó por suerte , ningún diagnóstico desfavorable o preocupante, de lo cual nos felicitamos. Empero, lo que tuve que oír a continuación me dejo boquiabierto y no pude evitar un desagradabilisimo incidente.
Elena venía acompañada por su marido quien resoplaba continuamente en señal de desaprobacion a cuantos síntomas o comentarios refería su esposa. Era como el cuñado listo pero en versión marido que es infinitamente peor.

En un momento determinado, ya casi acabando la visita médica, el citado individuo dirigiéndose a mí, me dice:

– Ya les dije yo a sus padres.

– ¡Pero cómo habéis hecho a esta tía! ¿Gorda y además enferma? Joder, todo lo bueno lo tienen sus hermanas que esas sí que están “ricas” y no lo que me ha tocado a mí. Podíais haber puesto un poco mas de interés porque mirad lo que me he llevado, o mejor dicho, lo que os he quitado de padecer en vuestra casa. Menudo lastre … ¡Deberíais darme las gracias! y me sonrió pensando que había dicho algo ingenioso y graciosísimo, merecedor de mi aprobación.

No pude más. Estaba estupefacto y furioso.

– ¿Pero como se atreve ud, impresentable de mierda a hablarme así de su esposa y delante de ella? – iba palideciendo por momentos – ¿qué clase de desgraciado es usted? Haga el favor de abandonar inmediatamente mi consulta. ¡Ya mismo! Su esposa tiene un problema mucho más grave que su obesidad y es compartir su vida con un energúmeno como ud. ¡Fuera!

-Elena, ven cuando quieras pero si quieres que te trate, por favor, ven sola o trae a alguien de tu confianza. Abstente de hacerte acompañar por “eso” porque en ese caso lamentaré no poder atenderte. Tú tienes la puerta de mi consulta abierta pero no si vienes con ese engendro al que llamas marido.

Falto poco para llegar a las manos. Muy poco. No lo pude evitar. Airadamente tomó a su esposa del brazo y soltando un buen número de insultos salieron de mi consulta llamándome de todo menos bonito. ¡Vámonos! Será gilipollas … soltó como despedida …

No es la primera vez que me toca asistir a algo tan deplorable. Hasta ahora había tratado de apaciguar la situación, quitarle hierro y templar los ánimos pero hoy ya no me da la gana. No tengo por qué aguantar estos desmanes. Esos comentarios son un exceso intolerable. Es atravesar la línea de la decencia, del respeto, de la honorabilidad y he comprendido hace ya mucho que, este tipo de personas no atiende a razones. Es inútil. El esfuerzo es baldío.

Quien se mofa de los defectos físicos ajenos es un miserable y no merce ni el pan que come. Contemporizar con este tipo de personas no hace sino prorrogar el problema, conceder una patente de corso al ofensor y yo al menos, no estoy dispuesto a ello.

No pido la aprobación de nadie. Ni la necesito ni la espero y entendería ser criticado. Pero la permisividad, la tibieza y la pusilanimidad hacen que energúmenos como el que acabo de mencionar sigan campando por la vida de sus desgraciadas esposas, hijas y compañeras. Cada vez tengo mas claro que hay gente (porque no son personas, son gente) que no entenderá jamas que el cromosoma “Y” no otorga sino la superioridad muscular;  no la cerebral y que la ofensa gratuita y la humillación no merecen más que desprecio. Tolerancia cero frente a todo esto. Y por cierto, disto mucho de ser un gilipollas.

Al que le guste, bien, y al que no, también. Esa es mi línea y no permitiré que nadie la atraviese.

La Gran Salamandra



¡No!

Se atribuye a Gabriel García Márquez la siguiente frase: “Lo más importante que aprendí a hacer después de los cuarenta años fue a decir no, cuando es no”.

Digo “se atribuye” porque esta es una de las frases entre muchísimas otras, en las que se cita un pensamiento iluminado de una celebridad. Nadie ha leído tal frase, ni cita la obra en la que la leyó pero a todos nos parece brillante. Yo desde luego, he de confesar que no he leído esa frase en ninguna de obra del cariñosamente apodado “Gabo” pero he de reconocer que me parece adecuada para este articulillo.

Pues nada, que me apunto a la cultura de galletita china que es donde generalmente se leen esas cosas o en las páginas de proverbios al uso.

El Relato:

Fue en el contexto del Congreso Nacional de la Sociedad Española de Fertilidad de  hace un par de años, en Sevilla, creo recordar.

El foro, un fantástico auditorio en el que el prestigioso ponente lanzó la siguiente afirmación: “Lo primero que debemos saber los médicos que nos dedicamos a la Reproducción Asistida es si la pareja o la paciente en su caso, deben tener hijos”

El revuelo suscitado en el auditorio fue mayúsculo. El Profesor Hardon, amigo y compañero de Hospital del Dr. Julio Trampa, muy amigo mío éste último a su vez,  sabía perfectamente lo que hacía. Era un excelente comunicador. La Dra. Dyke se le lanzó a la yugular en el segundo ”uno”. Lo esperaba.¡Lo había logrado!

En el fondo, la única intención de aquel era provocar, escandalizar y alborotar al personal.

– Sé lo que están pensando eminentes colegas, espetó.

– Ni somos dioses, ni jueces, ni administradores de derechos, ni tenemos autoridad legal o moral para decidir quién sí y quién no debe tener un hijo pero sí hay algunos aspectos que tenemos obligación de considerar cuando menos. La ética nos obliga.

Lo primero es no convertir la reproducción asistida en una fábrica de huérfanos y lo segundo es tratar de garantizar que la criatura que venga al mundo, lo hace en un ambiente socialmente sano e intelectualmente normal. No se trata de traer desgraciados potenciales ni infelices en ciernes.

A muchos de los presentes, tales afirmaciones nos dieron mucho que pensar. No mucho tiempo después tuvimos la oportunidad de comprobar la pertinencia de la provocación.

¿Por qué una fábrica de huérfanos?

Es evidente. Cada vez son más mayores las paciente –por no hablar de ellos- y aunque la legislación española “sólo” permite los tratamientos en la mujer hasta los 50 años, tampoco dice nada de la edad de los varones. Los hay auténticos abuelos; algunos de hecho, lo son de anteriores matrimonios.

¿Qué perspectivas de conservar unos padres sanos y vivos tiene un niño si sus progenitores alcanzan ya más de la cincuentena? ¿Va a bajar su padre con él a jugar al fútbol al parque o le va a llevar al ballet? Cuando menos, dudoso.

Me decía un buen amigo y compañero de IVI Madrid (http://www.ivi.es/centro-ivi-madrid.aspx) un extraordinario centro de reproducción asistida – no sólo español sino internacional – “lo que nos está pasando con la vitrificación (novedoso procedimiento de congelación de óvulos) es que las mujeres vienen a congelárselos  por si en el futuro desean tener hijos, pero claro, vienen a los 40”

¿Qué entenderán estas mujeres, o estas parejas en ocasiones por: “en el futuro”, teniendo ya cuarenta años muchas de ellas?

Sucesos recientes en madres abuelas, han puesto en alerta a la comunidad científica ginecológica (¿oxímoron?) sobre los excesos de algunos ginecólogos sin escrúpulos que han tratado a mujeres de edades extremas.

El resultado, sin duda, será una catástrofe. Es completamente intolerable y así lo quiero hacer constar.

Una madre-abuela es una aberración se mire por donde se mire. Desde luego, es un triste fenómeno sociológico digno de análisis y en mi opinión, deseablemente punible para cuantos médicos transgredan abierta o veladamente los más elementales preceptos de la ética.

Si este anterior aspecto ya es preocupante, la necesidad de tratar de garantizar a los nasciturus una familia equilibrada, es más acuciante si cabe.

La posibilidad  de pagar una cuantiosa suma para someterse a un tratamiento de Reproducción Asistida, por mucho que algunos lo quieran vender como tal, NO DA DERECHO a ello. No en mi opinión y eso es lo que trataba de transmitirnos el Prof. Hardon en su conferencia. Os referiré un caso vivido en primera persona hace un par de semanas.

Un hogar en armonía.

Hace unas pocas semanas, acudió a mi consulta una paciente de 46 años. Su situación personal es la siguiente:

Nombre: Patricia.

Edad: 46 años.

Estado civil: Felizmente casada a decir de todo su entorno.

Hijos: Uno, obtenido hace 9 años mediante una fecundación in vitro.

Motivo de la consulta: Desea un nuevo embarazo.

Realmente, me sorprendió en primer lugar no verla acompañada por su marido pero a veces sucede. No le di pues más importancia.

Pasé a explicarle la extrema dificultad de conseguirlo con óvulos propios dadas sus características y por lo tanto la necesidad de un óvulo donado fecundado con el semen de su marido.

–       No, no; quiero también un semen de donante.

–       ¿Y a qué se debe tal decisión? pregunté.

–       Es que mi marido no quiere más hijos pero como a mí me gustan tanto los niños …

La cosa empezaba a tomar un tono  problemático. Traté de hacerle ver los problemas que podrían derivarse a nivel familiar, la posibilidad de ruptura de pareja, la catástrofe económica, los problemas de educación. Todo lo que se me ocurrió pero … ¡nada! Estaba decidida. En un momento determinado le insistí en que si su pareja no estaba de acuerdo y el semen era de un donante podría incluso desconfiar del origen de la fecundación y sospechar una infidelidad a lo que me respondió.

–       No crea que me importa mucho tampoco. Lleva 9 años sin tocarme. Dormimos en habitaciones separadas

Mi línea de argumentación seguía siendo la misma. La posibilidad nada desdeñable de ruptura de la unidad familiar, el perjuicio causado al hijo de 9 años y el quebranto al inocente que vendría pero, no había manera. Seguía insistiendo.

Sólo había ya una contestación que darle por mi parte:

¡No!

El Epilog:

(Como decimos en mi casa)

Es posible que alguien se preste a realizar un tratamiento de reproducción en esta paciente. Incluso es muy probable. ¡Allá cada cual con sus decisiones!

No estaría cometiendo ningún delito, ninguna irregularidad, ningún acto legalmente punible. Sin embargo, estaría –siempre en mi opinión- atacando frontalmente al sentido común, a una ética no escrita y a un futuro recién nacido que vería la luz en un ambiente complejo, desequilibrado y hostil desde el mismo instante de su nacimiento.

Yo, desde luego, jamás seré copartícipe de algo así.

A mí también me asiste el derecho de decir … ¡No!

La Gran Salamandra



Hasta …

No sé ni cómo, ni cuándo ni desde dónde podré volver a hacerlo pero me temo que no voy a escribir en una temporada.

Para hacerlo es necesaria una tranquilidad de la que no dispongo, aunque tampoco perdéis nada de relevancia.

Os pido disculpas por una nueva decepción.

¡Mucha suerte a todos!

La Gran Salamandra


La importancia de estar

Hace no mucho, alguien me dijo que hay personas que se supone son muy importantes en la vida de uno pero que se van distanciando, alejando, desvaneciendo y  al final, no sólo dejan de serlo sino que incluso dejan de formar parte de cada particular universo. Nadie las extraña. Nadie las recuerda. Para nadie son importantes. Son borradas de un plumazo.

Justa o injustamente pero, ningún recuerdo, ningún poso queda de ellos en la vida de los demás. El tiempo se ocupa de la correspondiente catarsis. Fueron invisibles. Ni siquiera existieron.

Cierto es que en un primer momento, el distanciamiento resulta muy doloroso, insoportable en ocasiones, pero la naturaleza humana es sabia y a nadie dota de una capacidad infinita de sufrimiento.

El dolor va siendo sustituido por la resignación y ésta da paso al olvido. Es un mecanismo básico de adaptación, completamente necesario para sobrevivir.

Quizá, sólo hay algo más doloroso que el olvido y es la indiferencia.

¿Merece la pena olvidar lo vivido por malentendidos, situaciones equívocas, orgullo o arrogancia? A decir de una de las partes, ¿una acción supuestamente mala, invalida o destierra toda una trayectoria? ¿Es así como debe ser?

Hace un tiempo podía dudarlo; hoy, sé con absoluta certeza que no. Nada debe invalidar o embarrar la trayectoria de los hombres buenos; al menos en el corazón de quien dice respetarlos o quererlos. Porque, los errores, de serlo, han de ser perdonados si el alma de las personas es noble. ¡Cuánto más si los errores no lo han sido y sólo hemos sido sometidos a un injusto trato por ceguera u obcecación!

Que cada cual sepa si debe y dónde debe estar.

¡Suerte y tino en la decisión!

La Gran Salamandra

Diccionario combinatorio práctico del español contemporáneo

He de reconocer que para mí esto del Diccionario Combinatorio es una novedad y como creo que puede aportaros algo, os lo refiero en mi colaboración de hoy.

Será escueta – que es fiesta de guardar- pero no por ello menos sustanciosa.

Mi buena amiga Pilar que siempre está al tanto de estas cosas ha tenido el generosísimo detalle de regalármelo por mi cumpleaños (el 19 de marzo para quien no lo sepa y no lo olvide para el año que viene D.m.) sabedora de lo mucho que me gustan estas cosillas.

Pues a decir de su autor o mejor, su coordinador Ignacio Bosque, se trata de una obra que muestra cómo se combinan las palabras entre ellas sean adjetivos, verbos o sustantivos. Contiene más de 14.000entradas con un total estimado de unas 400.000 combinaciones. No está mal ¿eh?

Una de las cosas buenas, de las muchas cosas buenas que voy descubriendo día a día es que su corpus de prensa en el que se ha basado consta de 68 fuentes periodísticas procedentes de España y países hispanohablantes. Las mejores referencias a tener en cuenta. Un gran proyecto, en definitiva. Una gran obra en mi opinión. Sin duda.

Como alguno de vosotros sabe, soy español y bastante “tiquismiquis”. Me gusta que los recursos de que dispone esta maravillosa lengua sean utilizados de la mejor forma posible. Que cada uno lo utilice a su manera, por supuesto, pero con un nivel mínimo aceptable. No se trata de ser un pedante capullo. Nadie abandera eso pero tampoco se trata de entendernos en un nivel de comunicación sólo un peldaño superior a las señales de humo.

Desde hace muchos años y sin ser un experto en lingüística, vengo observando el deterioro tanto oral como escrito de mi idioma. Que una persona sin apenas formación dé una patada al diccionario es más que comprensible pero que la prensa, la radio, la televisión, las instituciones y numerosos grupos de influencia cometan garrafales faltas de ortografía y de sintaxis es inadmisible. Absolutamente inadmisible.

Paralelamente a lo que entiendo como un deterioro evidente en España he podido comprobar la riqueza del español en otros países. Recientemente he vuelto del Perú. No me extraña que aquella gente esté enamorada de su país parafraseando a la maravillosa Eva Ayllón y por muchas razones, además.

Muy probablemente lo que continuación manifiesto sea aplicable a muchos otros lugares, no  sólo al Perú. Es completamente sorprendente que personas con una extracción social baja hablen tan bien el español. Ni que decir tiene, que personas con una mejor situación socio económica, lo bordan. Volví sorprendisísimo lo cual, me hace entonar un particular mea culpa porque muchos españoles pensábamos que como nuestro español no hay. Craso error.

He conocido a varios profesores de Lengua y Literatura Españolas. Muchos de ellos están completamente desesperados por el nulo interés de su alumnado en el lenguaje. No hay forma de que entiendan, escriba y  se expresen con corrección y agilidad. No hablo de niños; hablo de adolescentes a punto de iniciar su etapa universitaria. Es realmente descorazonador. Otro día os manifestaré en mi último artículo – porque después de eso me colgarán por los testículos con toda seguridad- mi opinión sobre la nefasta influencia de un bilingüismo malísimamente orientado sobre el idioma español en España aunque, claro, como varias de las Autonomías con idioma propio se han ocupado de que el idioma propio sea el preeminente todavía habrá que felicitarles. ¡Lamentable!

Bien, pues aquí tenemos una estupenda herramienta para tratar de mejorar en la medida de  lo posible nuestro uso del español. Este diccionario así me lo parece.

A mí me ha encantado y creo que es un regalo fantástico para cuantos “tocapelotas tiquismiquis” conozcáis. Sólo es una sugerencia. Buenas vacaciones de Semana Santa para todos. Id y sobre todo, volved.

La Gran Salamandra



Tengo miedo, JM.

– Si es que además, es un tío guay.

Nunca pensé que una palabra que tanto aborrezco iba a provocar en mí un sentimiento tan profundo y tan intenso. En mi país, por modas, espacios de tiempo y circunstancias, supongo que como en muchos otros lugares, ciertas palabras se convierten en comodines. En ámbitos muy jóvenes fundamentalmente. Sirven para todo. Guay, mazo, molar, son claros ejemplos de lo que digo. Es la ley del mínimo esfuerzo.

A veces sin embargo, cuando una de esas palabrejas tan característicamente adolescente es utilizada por una persona de gran formación, esa proximidad de su lenguaje la impregna, la dota de un nuevo contenido.

Si uno abre los oídos un poco más de lo que acostumbra, quizá consiga oír los armónicos del lenguaje; sólo hace falta educar la audición.

Ayer tarde, he de reconocer que se me encogió el alma. Una buena paciente, amiga ya de tanta veces que la he visitado, acudió para una revisión ginecológica rutinaria. Es una de esas mujeres que transmiten simpatía e irradian naturalidad. Una de las que hacen que mi trabajo sea tan especial.

Hay mujeres y parejas a las que uno llega a tomar mucho cariño. A veces, en el contexto de problemas ginecológicos complejos, es necesario visitar a la pacientes en numerosas ocasiones. Con el paso de las semanas, la relación estrictamente profesional del inicio se enriquece con un toque más personal. Eso es exactamente lo que sucede con Lola; así se llama mi paciente.

Al comienzo, le pregunté por su marido que sabía, había sido diagnosticado de un cáncer de páncreas, operado y tratado con quimioterapia posterior.  El primer control al cabo de unos meses había sido muy satisfactorio y no mostraba indicios de que la enfermedad se hubiera extendido. Por supuesto, le manifesté mi alegría en el acto, momento en el que empezaron a brillarle los ojos sospechosamente.

– ¿Qué te pasa Lola?

– Ha sido durísimo, JM. Tantos meses de lucha. La cirugía, la quimio posterior. Y no hemos hecho más que empezar.

Llevaban semanas sin dormir. Ni ella ni Alberto, su marido. Sabían que el cáncer de páncreas es uno de los más agresivos y difíciles de controlar. Uno de los que más recidiva y uno de los que a la postre se lleva por delante a más personas.

– Por el momento, hemos ganado esta batalla pero ha sido durísimo, me decía. Trato de pensar en positivo la mayor parte del día pero a veces me asalta un dolor indescriptible, inquietante. Más que dolor es miedo.Tengo miedo, JM. Mucho miedo. Por momentos pero, cuando aparece, es horroroso. Me pongo a pensar que quizá mi marido pueda morir y me quedo aturdida. No puedo reaccionar. Soy una marioneta desmadejada. No puedo evitarlo. De verdad que intento ser  optimista la mayoría del tiempo pero la idea de la pérdida me golpea como un ariete. El otro día estuve en la Asociación contra el Cáncer  recabando su ayuda y me dijeron que iban a tratar de enseñarme a vivir con mi miedo. No sé si voy a conseguirlo.

Dura. Muy dura la conversación.

Pasamos a la sala de exploración en la que afortunadamente pudimos verificar que su salud ginecológica estaba estupendamente. Algo es algo.

Al concluir su reconocimiento, retomamos el tema de una forma un poco más serena. Sólo pude transmitirle mi impotencia por no poder ayudarla como me gustaría pero es una más de las circunstancias para las que los médicos no tenemos respuesta. O no una respuesta satisfactoria, al menos.

Antes de despedirse, Lola me miró sin poder reprimir de nuevo unas lagrimillas. Gracias de nuevo, JM – me dijo- y perdona este desahogo pero no puedo ni pensar que Alberto pueda irse. Con todos los cabrones que hay por ahí sueltos y ¿le va a a tocar a él? Me niego a pensarlo, JM. Me rebelo. No quiero ni imaginar que Alberto pueda faltarme.

¡Joder! si es es que además es un tío guay.

Creo que nunca había oído  una manifestación de amor tan profunda con una palabra tan simple.

¡Guay!

La Gran Salamandra