“Selfiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii”

 

Son tres. Me preceden unos pasos. No puedo evitar observar su contoneo.

Son tres mujeres, en la treintena, en pleno apogeo físico. Las veo por detrás pero no me cuesta imaginarlas por delante.

Cuerpos de escándalo, curvas para regalar y una vestimenta sensual que no invita a girar la cara sino más bien a tratar de disimular la dirección de la mirada que se fija ahí precisamente; si, al lugar donde la espalda pierde su casto nombre.

Pero algo sucede.

Algo grave ha debido de pasar porque las tres van cabizbajas, su barbilla al pecho y sin dirigirse la palabra entre ellas. Podrían estar meditando; en efecto, pero sorprende poderosamente que en un lugar tan lleno de sol, de luz, en un entorno tan envidiable, por el paseo marítimo de la Playa de Torviscas en Tenerife, tres mujeres vaguen tan compungidas.

Por otro lado su vestimenta, su exigua vestimenta, que muestra más que sugiere unos cuerpos jóvenes, sugerentes y voluptuosos, no parece muy acorde con un estado de ánimo que las torne tan cabizbajas.

De repente, sin previo aviso, una de ellas profiere un gritito muy desagradable, penetrante, agudo, de los que perforan el tímpano, el oído medio y hasta el caracol.

Ha dicho la palabra mágica.

“Selfiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii”. Literalmente así. Como lo cuento. “Selfiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii”, repite.

Como un resorte, sus dos compañeras de paseo deflexionan su cuello, elevan sus barbillas y entonces lo entiendo. Han dejado de mirar su móvil, celular, esmarfon -perdóneseme la castellanización- para admirar el paisaje que las rodea.

Apoyan sus espaldas cuasi desnudas en la artística barandilla del paseo, juntas sus caras, ponen morritos y disparan su teléfono para obtener las que imagino, bellas instantáneas. Una vez otorgado el visto bueno de todas ellas que manifiestan con unas carcajadas excesivas y sin mediar palabra, prosiguen su camino por el paseo de esta preciosa playa tinerfeña. El club marítimo, destino final de su trayecto está a la vista. Siguen si hablarse, siguen cabizbajas. Estoy hipnotizado. Sigo su misma dirección, estupefacto, y pensando en la oportunidad que están perdiendo de un disfrute visual incomparable. ¡Allá ellas!

Cuando una vez más … “Selfiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii”.

Y de nuevo las tres que levantan la cabeza. Y de nuevo juntan sus caras. Y de nuevo los morritos. Y de nuevo las carcajadas de asentimiento por lo guapas que han salido en la foto. ¡Pásamela, pásamela por guasap!

Y de nuevo mi desconcierto. Y de nuevo, mi certeza del desperdicio de esos cuerpos sensacionales, de esas caras preciosas y de esas cabecitas llenas de nada porque el día que se repartía la materia gris, faltaron a clase. Estaban tan ocupadas con sus esmarfones que olvidaron acudir al reparto.

Nadie dijo que el cerebro estuviera siempre presente dentro del cráneo de estos magníficos ejemplares.

Son muy bellas pero son arrogantes, son banales son estúpidas y sobre todo, me aburren soberanamente.

¡Prefiero ni pensar en cómo serán ellos!

JMS

La Gran Salamandra

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